Estas crónicas narran el regreso a la presencialidad en las escuelas. Mi visión es la de un coordinador académico de una secundaria pública de Jalisco. El nombre de “crónicas de la prisa“ es por dos razones: la primera, es porque este regreso a la presencialidad a la escuela me resulta muy apresurado y la segunda, porque vivimos todos con mucha prisa, a penas con tiempo y energía para reproducir lo que ya sabemos y conocemos. La sensación con la que inicio es muy parecida a la que probablemente se experimentaría al salir de un refugio después de un gigantesco huracán y se encuentra con la devastación que dejó. Nada más que nuestra salida del refugio se da cuando la tempestad todavía está presente, sólo ha perdido un poco la fuerza.
El lunes pasado, 24 de mayo, en punto de las 14:50 todo el personal escolar ya estaba en sus lugares preparados para recibir a los alumnos. Esperábamos a 90 de ellos que voluntariamente vendrían. Justo a esa hora los secretarios abrieron la puerta iban para recoger las cartas responsivas firmadas por los padres de familia o tutores y los anotarían en la lista de recibido. El laboratorista y yo les indicaríamos donde formarse antes de ingresar a sus respectivos salones, evitando que se aglomeraran. Para ello los formamos en la cancha techada que sirve también como patio. El director el subdirector y algunos docentes los acompañaban en las filas, mientras esperaban y les daban las últimas indicaciones: guardar sana distancia, utilizar cubrebocas todo el tiempo, usar gel antibacterial cada que tocaran objetos que no son de su propiedad, si no tenían podían bajar al baño donde había jabón líqueido. Los prefectos los esperaban en las escaleras de cada piso para indicarles la localización de sus respectivos grupos, los docentes estarían en la puerta de sus salones para recibirlos. Las asesorías presenciales comenzarían en punto de las tres de la tarde.
Comenzaron a entrar de a poco. Su medio rostro cubierto, sus ojos serios y defensivamente inexpresivos. El ambiente era extraño. Se combinaba la alegría de regresar a la escuela después de un año y dos meses, pero también la angustia y la incertidumbre. Los alumnos de nuevo ingreso era la primera vez que visitaban su secundaria y no conocían ni el edificio ni el personal. Todos estaban en silencio. La combinación de emociones y sentimientos creo que nos abrumaba a todos.
Nunca antes al abrir las puertas en el ingreso de los estudiantes hubo silencio. Lo normal eran verlos entrar platicando, unos con prisa, otros muy lentos. La mayoría en corrillo con sus amigos. Sentados en las jardineras p disfrutando las sombras de los árboles y platicando. Otros más jugando un partidito de fucho antes de las clases. Muchos comiendo nieve, bebiendo de la pajilla el agua fresca que salía de sus vasos de unicel de un litro; otros más refrescándose con nieve raspada o con hielitos de sabores; muchos comiendo frituras con mucho chile en bolsitas de plástico… era muy extraño y muy diferente a lo que estamos acostumbrados “a la hora de la entrada”. Con amabilidad les indicábamos donde formarse. La mayoría sin decir nada, sólo caminaba. Alguno que otro después de responder soy de primero, soy de tercero A respondía “gracias” cuando le indicábamos donde formarse. “Hola Miguel, bienvenido”, saludé al joven que un año atrás medía 20 centímetros menos. “¿Sí se acuerda de mi?” “Claro Miguelito. Anda, ve a fomarte.” (No es su nombre real)
No faltaron los alumnos despistados que olvidaron su carta responsiva firmada. Intentaban explicar “es que no me enteré”. “Es que mi mamá no la firmó”, incluso hubo quien me dijo que se la habían robado en el camión. A todos fue la misma respuesta: “¿Puede venir tu mamá a firmarla? Es que esa carta sí la necesitamos.” Les pedía que le llamaran para que viniera lo antes posible a la escuela. “Es que no traigo saldo”. Les pasaba mi teléfono. “Márcale” . “¿Se la paso?” Hablaba con sus mamás. Les explicaba la importancia de esto. “Ahorita no puedo ir. ¿Puedo pasar a las seis?” “Es que estoy trabajando y no puede ir”. El subdirector tuvo que improvisar un acuerdo con ellos. ¿Qué otra alternativa tenía? ¿Regresarlos a su casa? No era opción.
Algunos llegaron con piercings, otros con los pelos pintados de verde o amarillo, algunas jovencitas con aretes gigantescos. No podíamos negarles el ingreso a nadie. La escuela relajó sus exigencias de la apariencia y del uniforme. Algunos pocos sí lo portaban, pero la mayoría no. Sólo se les había pedido que las jovencitas no llevaran escotes pronunciados ni microminifaldas. De manera que su vestimenta se hizo parte de su propia expresión y de la definición de su estética. Pantalones de mezclilla roídos y deshilachados, con botas industriales, haciendo remembranza del punk. Otros de pantalón de mezclilla, con tenis y camiseta T blanca. Cabellos largos, muy largos, pintados de rojo, de rubio, otros de verde o amarillo. La mayoría sin tintes y cabello bien recortado y cuidado.
Era el primer día de regreso a la escuela después del confinamiento al que nos vimos obligados por la pandemia. Justo a las tres de la tarde sonó el timbre que teníamos más de un año sin escuchar. Ordenadamente, los alumnos avanzaron a sus respectivos salones. Los de segundo usaron la escalera de la derecha, la chiquita que sólo sube al segundo piso. Los de primero y dos grupo de tercero, subieron por la escalera izquierda para mantener la sana distancia en todo momento. En cada grupo esperábamos nueve alumnos, pero en promedio llegaron seis. Por la forma en que se organizaron a los grupos (orden alfabético del apellido paterno) era probable que no coincidieran los mismos días con sus amigos. Sé de varios que prefirieron no ir por esa razón. “No, profe. No coincidimos los amigos. Mejor voy a seguir sólo en línea” me comentó una alumna. En menos de dos minutos el patio y los pasillos quedaron vacíos, todos se encontraban en su respectivos salones.
Una vez que atendimos todos los asuntos de cartas responsivas que no se entregaron y que el subdirector estuvo definiendo procedimientos para solucionar ese problemilla, subí a ver los grupos. Dos alumnos por mesa, sentados en los opuestos del rectángulo, intentando conservar la sana distancia. Aquí se puede hacer, pero no pudieron conservar esa sana distancia en el camión repleto que abordaron para venir a la secundaria. A los maestros se les escuchaba una voz animosa, expresando la bienvenida. Los jóvenes atentos en sus maestros guardaban silencio.
El regreso a la presencialidad escolar se definió el 11 de mayo, cuando el secretario de educación Juan Carlos Flores Miramontes publicó el “acuerdo” para definir cómo y cuando se haría la reapertura de las escuelas. Es curioso que se le llame acuerdo. Suena como si hubiera sido el resultado al que se llegó después de una conversación muy horizontal, en la que se escucharon a todas las partes interesadas; pero sinceramente, se siente como algo muy vertical. A ningún maestro que conozca se le invitó a participar en la construcción de ese acuerdo. Fue un dictamen definido desde las altas esferas del poder. Este “acuerdo” incluye los niveles de educación básica, normales y media superior estatal, pero se ve claramente que sólo se pensó en preescolar y primaria y no en las broncas que implica secundaria ni normales. En el preescolar y en la primaria en cada grupo hay a lo más dos maestros, la mayor parte de las veces sólo es uno. Los maestros trabajan por jornada, por turno, pues y cada maestro o maestra tienen a lo más 45 alumnos. En cambio, en secundaria, cada grupo tiene hasta 10 maestros; los maestros no trabajan por jornadas, sino por horas y quienes tienen tiempo completo (42 horas a la semana) llegan a atender hasta 10 grupos lo cual significa más de 400 alumnos. Tengo 14 años trabajando en secundaria y en este tiempo, las cosas han sido iguales. En secundaria tenemos que hacer malabares para adecuar los lineamientos de la autoridad. Incluso ya estamos acostumbrados a esto. La molestia que produce esta desconsideración se ha transformado en simple ironía resignada.
La autoridad considera que estamos en la posibilidad de reabrir las escuelas por dos razones:
1. En Jalisco, desde hace más de un mes, el semáforo covid está en verde lo que quiere decir, al parecer y de acuerdo a la versión oficial, la cantidad de contagios y lamentables defunciones se han venido reduciendo.
2. El personal escolar, público y privado fuimos vacunados en los últimos días de abril y los primeros de mayo. Por lo que para el 17, fecha que se estableció para la reapertura de las escuelas, ya habríamos desarrollado, después de dos semanas de haber recibido la vacuna, un nivel de protección del 60 por ciento ¿Por qué no esperar a que pasaran las cuatro semanas para alcanzar un nivel del 90 por ciento? Como que se siente urgencia, ¿verdad? A mi me lo parece.
Ahora bien ¿por qué la prisa? ¿se justifica de alguna manera que a poco más de un mes de concluir el ciclo escolar se quieran reabrir las escuelas? ¿Por qué no esperar a que termine el ciclo escolar? La postura del gobierno federal expresada en repetidas ocasiones es que la afectación emocional y psicológica de los alumnos es realmente severa y ayudaría a mejorar esta situación, aunque sea un poco, el regreso a la escuela. Además, desde el mes de octubre de 2020 las autoridades hablaba de que alrededor del 10 por ciento de los estudiantes de educación básica había “desertado” de las escuelas debido a no tener ni televisión ni internet para hacer las labores a distancia.
Aquí yo veo una confusión. Sí, es verdad que en las escuelas hay alrededor del 10% de estudiantes que no se han adherido a las clases a distancia y que no se ha podido establecer comunicación con ellos. No obstante, eso no necesariamente quiere decir que desertaron. Más bien no están vinculados con la escuela. No sabemos qué pasa con ellos. No sabemos si no continuarán estudiando o no. En mi secundaria se han hecho esfuerzos serios para localizar a esos alumnos y sumarlos a las actividades escolares. Incluso con cuadernillos físicos para aquellos que no puedan participar en las actividades a distancia, por carecer de conexión o tener al menos un celular o una tablet para poderse conectar. Pero la conectividad no es la única razón por la cual los alumnos no están involucrándose. La afectación emocional es una causa menos obvia, pero que tiene un peso muy significativo en el desempeño escolar de los alumnos. Sólo por citar unos datos. Los índices de violencia doméstica se han elevado. Los medios informaban que en marzo de 2020 las llamadas al 911 se habían incrementado 23 por ciento en comparación con febrero del mismo año. Por su parte, el Consejo Ciudadano reportó que sólo en los primeros siete días de abril de 2020 habían recibido el 50 por ciento de llamadas que se habían recibido en todo el mes anterior en el que se identificaba como agresor a la pareja, novio o esposo. También se observó que las búsquedas en Google relacionadas a cómo hacer una denuncia de violencia doméstica se habían incrementado significativamente. Estos datos sólo son una minúscula muestra de un problema de proporciones alarmantes. Cabe aclarar que corresponden a los momentos de mayor confinamiento. Posteriormente se redujo y la mayoría de la población tuvo que salir a trabajar a pesar de que la pandemia seguía en aumento, causando cada vez más lamentables fallecimientos.
Sobre la cuestión de los aprendizajes, ni hablemos. Estamos siendo testigos de “la mayor crisis educativa que se haya tenido en la historia”. Quienes resultarán más perjudicados por todo esto, sin duda, son los sectores más vulnerables de la población.
¿Es urgente retomar las actividades escolares? Sí, claro que sí. No obstante, la sensación que esto produce es muy parecida a la que probablemente se experimentaría al salir de un refugio después de un gigantesco huracán y se encuentra con la devastación que dejó. Nada más que nuestra salida del refugio se da cuando la tempestad todavía está presente, sólo ha perdido un poco la fuerza.
En un par de días los subdirectores, por indicación del director, organizaron el regreso a la presencialidad. A los coordinadores académicos se les solicitó presentar una serie de sugerencias y consideraciones para el trabajo de las asesorías que iban a dar. Se nos indicaba que abriéramos las escuelas desde el día 17 de mayo. El “acuerdo” del secretario se publicó el día 11, las juntas de la zona escolar se realizaron el día 12 y la cosa se veía muy apretada. No sólo teníamos que pensar en una estrategia de reapertura, sino también había que informarla a los docentes, a los padres padres y a los alumnos mismos. Ese mismo 12 de mayo tuvimos la junta los directivos y los coordinadores. La información la íbamos a comunicar a los docentes el viernes 14 y a los papás y mamás el lunes 17, el martes 18 y el miércoles 19. Pero como a las 8 de la noche del jueves 13 nos subdirectores informaron a los grupos de docentes de WhatsApp que la junta programada para el viernes, se posponía para el siguiente lunes. Las autoridades escolares del estado habían decidido suspender labores como festejo por el día del maestro.
Afortunadamente, durante esta primera semana de reapertura varios papás y mamás, se presentaron en la escuela para explicar por qué sus hijos no habían participado en las clases a distancia. Se dirigían con el subdirector y conmigo. Ya nos habíamos puesto de acuerdo en cómo abordar este asunto y cómo lograr “la recuperación” de estos alumnos. El rezago en los aprendizajes de todo un ciclo escolar, será imposible “recuperarlos”; pero lo importante es que se reincorporen a la escuela. Al hablar con los papás y las mamás y los alumnos podíamos asomarnos a un panorama de verdad desolador. No sólo hubo pérdida de trabajos y difíciles condiciones económicas. Aparecía el dolor por los lamentables fallecimientos, las tensiones en las familias que resultaron en divorcios; cambios de domicilios y una afectación emocional de verdad severa. “Lo importante es que ya está aquí y haremos todo lo posible para recuperarlo”.
Fue muy significativo cuando saludé a una alumna al entrar a la escuela a la que le pregunté ¿cómo estás? Clara y directamente me contestó “Mal” y siguió caminando. Algunos alumnos que me tienen confianza me hablaron de la difícil situación que vivieron en el confinamiento. Las historias eran muy parecidas unas de otras. “Me dedicaba a cuidar a mis hermanitos”, “Mi mamá me tenía de chacha”. Era lo que narraban las jovencitas. “Entré a trabajar en una llantera”. “Vendía X cosa”. “Mi papá me llevó a trabajar con él”, era la respuesta de los jóvencitos. “Nos tuvimos que cambiar de casa”. “Mi papá perdió el trabajo”. “Mis papás se divorciaron y me fui a vivir con mi papá”. “Vivía en casa de mi tía”. “Me fui con mi abuelita”. A algunos de ellos sus ojos se enrojecían y se les llenaban de lágrimas mientras narraban sus tristes experiencias”. Sí era urgente el regreso y afortunadamente estamos en la posibilidad de hacerlo. A lo largo de la semana varias veces el corazón se me apachurró al escuchar las historias que en confianza me narraban.
La situación con los maestros no era muy diferente. Varios tuvieron pérdidas muy dolorosas de esposos, de padres y madres, familiares, amigos. A esto también se suman la ansiedad y depresión que se somatizan en presión arterial alta, problemas de sueño, irritaciones en la piel, problemas gástricos como colitis y gastritis… Ha sido todo esto muy difícil, pues a pesar que tuvimos el privilegio de podernos quedar en casa y de recibir nuestro sueldo, el confinamiento fue una prueba muy difícil para todos y provocó que salieran las sombras más oscuras a flote. Las tensiones en la pareja y con los hijos han sido comunes han sido verdaderamente severas. De verdad es urgente la ayuda psicológica y emocional no sólo para los alumnos, sino para todo el personal de la escuela y si lo extendemos tantito más, ahí cabemos todos.
La autoridad estatal indicó que este regreso a las clases, en realidad no era tal, sino asesorías de regularización y de atención de cuestiones administrativas. El énfasis informal que se ha expresado en todas partes del mundo ha sido la atención socioemocional de los alumnos. Desde el principio este asunto me molestó porque es fácil pedir a los maestros que hicieran énfasis en la atención socioemocional de los alumnos. Pero la verdad es que carecemos de una verdadera preparación y de una capacitación en forma. Sí en los Consejos Técnicos Escolares habíamos revisado algunos conceptos sobre ese tema como la empatía, la motivación y la resiliencia; pero no se pueden considerar como una verdadera capacitación simplemente dar a conocer una definición del concepto y más o menos exponer, a grandes rasgos, de que se tratan. Esa sensación de recibir una responsabilidad inmensa con apenas unos gises y un montón de buenas intenciones, es muy conocida para nosotros los maestros. Las autoridades nos dicen qué debemos hacer. ¿Cómo hacerlo? Que cada escuela lo decida y diseñe estrategias, para algo ya se han conformado en unas verdaderas CAV (Comunidades de Aprendizaje en y para la Vida) nos dicen. Y ahí vamos dando tumbos sin mucho apoyo y sintiéndonos bastante solos. Pero eso sí, lo que caracteriza a los docentes es que le entramos; con muchas ganas pero también con mucha improvisación.
Las salidas, después de la limitada jornada, se ha parecido mucho entre un día y otro. A las 17:40, después de haber tenido cuatro sesiones de cuarenta minutos. Los alumnos salen formados con sus caras a medio cubrir. Sus ojos inexpresivos, en silencio. Ya no son aquellas salidas platicando. Ya nadie se queda en los pasillos esperando a sus amigos. Ya no hay ese momento en que se quedaban platicando en las jardineras, o la calle de la escuela se llenaba con los alumnos comprando en los puestos que se ponen frente a la escuela. Nuevamente el silencio abrumador de jóvenes caminando dirigiéndose a la puerta de salida. Nuevamente en menos de 2 minutos la escuela vuelve a quedar vacía.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario